Tesis doctoral

El historiador deportivo había analizado la evolución del fútbol desde sus inicios en la Gran Bretaña. Los dos primeros volúmenes del ensayo le habían parecido, de inicio, brutales y primitivos. Se relajó al llegar a la era tecnológica, con las consultas en diferido que resolvían jugadas dudosas, para continuar en la etapa predictiva en la que potentes ordenadores decidían los resultados en base a datos como los contratos de los jugadores, las lesiones y posibles variaciones tácticas. Se entretuvo poco en relatar, con multitud de referencias bibliográficas, cómo los entrenadores, con sus propias inteligencias artificiales, eran capaces de anticipar sus estrategias a las a predicciones oficiales, con la consiguiente caída en Bolsa de las acciones de las casas de apuestas deportivas. Cerró el archivo en su pantalla táctil, se colocó las gafas sobre el cada vez más escaso cabello de su cabeza y suspiró. El último capítulo, la próxima y anhelada Copa del Mundo, se escribiría sobre el césped de un Maracaná a rebosar.

Otra semana en el tajo

Había sido trabajo limpio, apenas una semana. Sin planificarlo, tirando de inspiración. Todos los personajes encajaban como las piezas del puzle tantas veces repetido. Sabía cómo daba comienzo y, sobre todo, cómo terminaría. Ya lo había hecho antes, la música de la creación; una trama sencilla que se iría destejiendo con el tiempo. Dejó el burbon sobre la mesa y se abandonó al ritmo en ese último respiro antes de dar inicio al nuevo ciclo. Como en anteriores ocasiones, había pasado del Blues al Jazz y del aroma afrutado de un gran reserva a la amargura del más delicado brandy.
Seguía sin estar satisfecho con su obra, se exigía más. Podía hacerlo mejor y su propia inconstancia era el sello de calidad. Moriría de aburrimiento si el prólogo fuera un calco de los anteriores. Era su peor crítico y, a la vez, el único.
Se puso de nuevo las gafas negras. El gran resplandor había terminado por resultarle molesto. Era demasiado tarde para introducir variaciones en ese modelo. Ya estaba registrado y, sin embargo, ya pensaba en las posibilidades que el libre albedrío podía introducir en su próximo encargo. Con un gesto de disgusto, pulsó el mando a distancia para cambiar el disco. Aquella versión de Jimi Hendrix, la duodécimo tercera desde que introdujera la psicodelia, le resultaba cansina.
Al fin y al cabo, tenía la suficiente experiencia como para saber que, a la larga, iba a dejar de gustarle y tarde o temprano, por mucho que le jodiera, sería la última vez que, al séptimo día, descansara.

Nueva revista Tirano Banderas Invierno 2018

 Revista Tirano Banderas 2018 (invierno)

Pinchando en el enlace podéis descargar de forma gratuita (o leerla cómodamente desde cualquier dispositivo en pdf) la nueva revista Tirano Banderas que hacemos entre todos los que formamos parte de la Asociación Escritores en Red. Además de alguna cosilla mía, encontraréis (mucho más importante) colaboraciones de l@s compañer@s en narrativa y poesía. Os aseguro que hay grandísimas plumas.

Ese perturbador soniquete nocturno


Solo la intervención de Sor Carmela consiguió que Inés accediera a compartir temporalmente su dormitorio de la residencia para la tercera edad, insistiendo en la virtud de la caridad. «Pago para dormir sola, madre», le había dicho antes de claudicar en el confesionario. Desde el primer día, tuvo que soportar la molesta costumbre de Amalia de acostarse con un transistor pegado a la oreja escuchando los resultados deportivos, ese runrún insidioso que le impedía pegar ojo hasta que lo apagaba con un «buenas noches, Inés». «Pero, ¿le gusta el fútbol, Amalia?», le preguntó cuando no pudo más, incapaz de guardarse la cuestión por mucho que se lo hubiera prometido a su confesora. «Si todavía escuchase las noticias o la novela, podría comprenderlo…». La respuesta le llegó en un tímido susurro desde el otro lado de la habitación: «Es como volver a tener al Jacinto pegadito a mí»; después, la conversación fluyó hasta que una de las dos, cualquiera de ellas, se quedó dormida la primera.
Al día siguiente, la coordinadora le anunció que para el lunes volvería a estar sola. «De ninguna manera, Amalia se queda conmigo… Se lo prometí a Sor Carmela».

La hora exacta

La noche y la niebla se habían aliado para hacer intransitable aquella carretera comarcal. El foco apenas alumbraba unos metros hacia delante y el riesgo de acabar empotrado contra uno de los espectrales troncos de eucalipto era demasiado alto, incluso para un avezado motero como él. Por eso, cuando los jirones de la neblina dibujaron un muro a su izquierda, no se lo pensó. Nada más aparecer el camino que salía de la ruta, tomó el desvío. Apareció una puerta reja forjada. Dejó que el motor de la Harley Davidson rugiera un rato antes de apagarlo. Puñetera suerte, la construcción era un cementerio. Tampoco dudó demasiado. Tenía los dedos agarrotados por el frío y la humedad a pesar de los guantes de cuero. La alternativa era volver a jugársela en la incertidumbre del asfalto invisible. Se quedaría a pasar la noche allí, no le asustaba el lugar, apacible por otro lado. En peores plazas había toreado. Tal vez su negra fortuna le diera un respiro y encontrase un refugio hasta el amanecer. Puso la pata de cabra en posición para que la moto descansara a su vez y se acercó a la entrada. La verja se quejó pero le permitió entrar. Encendió un cigarrillo para que le acompañase en el trance. Tosió y escupió algo espeso. Con la linterna de la mochila iluminó los caminos que trazaban calles entre hileras de tumbas, todas ellas antiguas y sin flores. No se escuchaban otros ruidos que los de sus botas arañando la gravilla. «Así dormiré mejor», se dijo mientras arrojaba al suelo la colilla a medio fumar. Paseó su figura entre sepulturas hasta que el calor retornó a sus miembros. Después de algunas vueltas, se abrió la cazadora. Tras el frío del viaje, ahora estaba sudando. Algo andaba mal, pero lo dejó pasar. Mejor así que aterido. Era ese maldito lugar, como si no pertenecieran al mismo mundo. A pesar de que la niebla seguía instalada a unos palmos del terreno, la atmósfera era cálida como una tumefacción y se adhería a una piel que era incapaz de absorberla. «Al menos no será un mal refugio hasta que llegue la mañana», decidió. «Si es que llega…». Las últimas palabras flotaron en su mente. Estaba seguro de que no las había pensado él mismo. Sacudió la cabeza para despejarlas, mas fue tan inútil como tratar de despegarse de la niebla. Movió la linterna, desorientado. Algo invisible tiraba de él en una dirección que ya no era capaz de reconocer. Siguió el impulso y no avanzó demasiado hasta descubrir, bajo el haz de luz, una figura que se mantenía erguida de espaldas a él ante una fosa abierta. No era un ángel ni ninguna de las escabrosas esculturas con que los humanos acostumbraban a decorar los panteones. Pese a la inmovilidad, tenía la certeza de que se trataba de alguien esperando.
—¿Nunca piensas en tu muerte? —dijo el hombre entre las sombras sin encararlo.
Un escalofrío destempló el renovado calor corporal. La policía hubiera llegado acompañada de luces y sirenas. Sin embargo, aferró la empuñadura de la pistola en su bolsillo.
—Nunca —contestó—. Pensar en ella, la atrae.
—Es lo que solía decir tu compañero de celda y no le sirvió de nada.
Aquellas confesiones nocturnas eran solo para ellos, era imposible que el tipo lo supiera. Amartilló el arma con un chasquido.
—La muerte llega cuando debe llegar, ni un minuto antes ni un momento después. Puede acabar en una interminable agonía, pero has sido bendecido con la certeza de una despedida fugaz. Considérate afortunado—. Un dedo blanco como un hueso desnudo señaló el hueco abierto al cielo.
Tragó saliva y, con la certidumbre de quien descubre su destino, puso el seguro a su arma. No era consciente de haber caminado hacia ella y, sin saber cómo, se abría a sus pies como un abismo sin fondo. Quiso girar la cabeza y mirar al mensajero que, con tal exactitud, le anunciaba su última respiración, pero la voz habló en su cabeza. «Es mejor que no». Extendió un pie hacia el agujero y lo detuvo en un último instante de rebeldía.
—Puedes quedarte con la moto —dijo y avanzó hacia la negrura.

Puntualidad


«Llego tarde, llego tarde, la fiesta habrá empezado ya…», murmuraba una y otra vez mientras los anteojos se le empañaban por efecto de la condensación del sudor. Llegaba tarde, sí, y para un obseso de la puntualidad como él era una sensación insoportable. Corrió como nunca, con el rabillo del ojo puesto en su reloj de cadena. Corrió e ignoró a todo el mundo, incluida aquella niña tan fastidiosa. Cuando por fin llegó a la fiesta ya había concluido, pero al sombrerero y al gato no pareció importarles en absoluto.

No puedo huir de nuevo



Era la primera vez que cogía ese tren. Los postes aparecían borrosos en su visión periférica, concentrado como estaba en el rostro de la desconocida que se sentaba en el asiento de enfrente. Se parecía tanto a ella… No era persona de entrar en conversaciones improvisadas a fin de amenizar el tedio del viaje y mucho menos de forzar un acercamiento. Contrario a su costumbre, sin embargo, reaccionó como una centella cuando, al frenar el convoy con brusquedad, salió disparado del asiento y estiró los brazos a tiempo de sujetar el equipaje que se cernía sobre el tocado de la mujer. De pie, en equilibrio peligroso sobre las punteras de los zapatos, acertó a empujar la maleta de vuelta a su lugar.
—Disculpe, no he podido evitarlo… —se excusó, azorado. La postura salvadora del sombrero, y tal vez de la cabellera que cubría, había acercado sus caderas al rostro de ella, dejándolos en una situación embarazosa.
—No se preocupe, ha sido usted muy galante.
Se giró para evitar el apuro y acertó a bajar la ventanilla tras varios intentos. Asomó la cabeza y anunció que la vía parecía obstaculizada por un vehículo. Regresó a su asiento, dejando que la brisa del atardecer rebajara el ardor de sus mejillas. Pese al momento de embarazo, los ojos que lo observaban a través del velo de rejilla brillaban con diversión.
Desde el pasillo les llegó la voz del revisor con la noticia de que estarían detenidos no menos de dos horas. Encendieron sendos pitillos y se interrumpieron varias veces antes de que consiguieran iniciar una conversación fluida. Tras las frases de cortesía, llegó la temida pregunta:
—¿Viaja usted a Paris?
Antes de responder, exhaló el humo para darse tiempo a afrontar la respuesta. Decidió, finalmente, que ya era hora de volver a ser el Rick de siempre.
—En efecto, viajo desde Casablanca, y creo que es el momento de retomar una gran amistad.

Regocijo

Hilaria se abrió paso en silencio entre las que rodeaban el cadáver. Bajo el sol del mediodía, una miríada de insectos volaban ya sobre el cuerpo. A pesar de la autoridad que irradiaba, le costó hacerse un hueco en el círculo. Cuando por fin llegó al centro, se detuvo a observar unos instantes. Ser la primera era su privilegio. Se pasó la lengua entre los labios y se abalanzó sobre las costillas abiertas. Las risas del resto de las hienas acompañaron el festín de su líder.

De visita en el pueblo viejo


A menudo las tumbas abiertas parecen bocas que expelen un hedor insoportable. Otras veces, en cambio, son agujeros modestos que aguardan con discreción a ser ocupados. Cuando llegamos a la salida del cementerio, mis padres conversaban animados. Les había parecido que, al acercar la vela, Elvis había abierto los ojos. Entonces, me di cuenta de que Lily se había quedado atrás. Le gustan tanto los camposantos que se queda ensimismada ante las lápidas. Me perdí entre los pasillos, distraído por la cháchara de los cipreses en calma. Anabel, tan inocente, aprovechó para interceptarme desde la trasera de un contenedor repleto de herrumbre. Con su manita, alzó para que pudiera verla bien una menuda bolsa de plástico transparente y sus ojos azules brillaron tanto que iluminaron su pelo. «Son las bridas que necesitamos para ayudar a mamá», me dijo. Inspiraba tanta ternura que me daba apuro decirle que ni esas piezas de plástico ni ninguna otra podrían obrar la magia. Le sonreí como pude y me alejé en busca de Lily.  No sé muy bien para qué. Sospecho que nadie más puede verme.