La furia de Alarico

reyes-godos

 

A Teo le gustaba el colegio a pesar de los deberes, del rechinar de tiza contra el encerado, del olor a humanidad de los pupitres y, sobre todo, de los recurrentes castigos corporales con los que Don Santiago se empeñaba a diario en corregir hasta lo incorregible.

—La lista de los reyes godos —preguntó el maestro alzando sus espesas cejas por encima de las gafas. Sigue leyendo

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Yo te veo y tú me oyes

Cementerios 004

Cuando el oftalmólogo le retiró la venda, no se había atrevido a abrir los ojos en un primer momento; eran demasiadas las decepciones. Solo al sentir el peso de una mano sobre el hombro, en una silenciosa oferta de ánimo pudo alzar los párpados. Sus párpados dieron lugar al abrirse al familiar resplandor y los cerró de golpe con furia, negando su desesperación. La operación, su última oportunidad, no había surtido efecto y le llevó más de una semana recuperar su rutina de inválido. Por eso le sorprendió tanto aquella llamada del INEM. ¿Una oferta de empleo pese a su ya perpetua incapacidad? De día estaba ciego por completo debido al exceso de luz y solo de noche podía soportar la claridad de la luna con unas gafas casi opacas. Sigue leyendo

El paraíso perdido

paraiso

Sem entró en la sala con el aguijón del frío de las losas en sus pies descalzos. La luz intensa, molesta en sus ojos habituados a la penumbra, le obligó a mantener la mirada baja. Sobre el estrado ante él, se materializó un avatar del Interventor Supremo, la inteligencia artificial alojada en el superordenador que todo lo gobernaba y a cuyos ojos cibernéticos nada podía esconderse. Sigue leyendo

No es un día cualquiera

sardinas

«Las facturas son la gruesa maroma que nos sujeta a la realidad».

K. Astur

La entresaca de folletos publicitarios y el rasgar de sobres con el esmalte de uñas exhausto son un ejercicio de obstinado apretar de dientes. Jorge arrastra las zapatillas por el linóleo hasta la encimera donde Amalia ha dejado caer al descuido el fajo de papeles que trae del buzón. Sigue leyendo

Lo que somos

Antes que con sus propios pies, Héctor recorre con la mirada la escalera que le separa de su destino después de trepar seis alturas en círculo. Corre el riesgo de caer agotado en algún descansillo, lejos de sus seres queridos. El calzado, sudoroso tras otro largo día de trabajo, es una losa aferrada a sus tobillos. Damián le dice a diario que deje de jugársela, que cualquier día le va a pasar algo, que no merece la pena, pero no hay sacrificio que no haría por Sofía, que se desvive en un trabajo a media jornada y se las apaña para cuidar de Junior. ¿Cómo podría él acomodarse a un cómodo horario sin horas extras ni pluses de riesgo, mientras ella se deja la vida por todos? Héctor es un hombre de honor, cumplirá su deber para con los suyos.

Una eternidad más tarde, se descalza en el felpudo y se cuela a oscuras, como siempre, para no despertarlos. Un vaso de leche apenas templada en el microondas antes de que suene la campanilla y a la cama sin pijama, que nunca lo encuentra a tientas.

Sofía duerme en paz con el rostro vuelto hacia el lado donde se acuesta Héctor, como si anhelara un beso. Ese sosiego que confirma en Héctor la certeza de que hace lo correcto. En cuanto apoya la cabeza en la almohada, exhausto, inicia un sereno ronquido de abandono sin notar que su esposa lo contempla a través de una rendija inadvertida de sus párpados, como hace todas las noches desde hace meses. Su Héctor, que jamás discute una orden y que apechuga siempre con lo peor. Lo ama demasiado para reprocharle sus ausencias a la salida del cole o que no pueda ayudarla con los deberes de Junior; para echarle en cara que haga sola la compra de la semana; que no haya abrazos en sus brazos para ella; que la pasión se haya diluido en el lento discurrir del agotamiento rutinario. Ojalá pudiera ella mostrar la misma abnegación sin queja, su capacidad de sacrificio silencioso. No le llega a la suela de los zapatos, en comparación, aunque es un pensamiento que se guarda para sí misma.

Junior de mayor quiere llamarse como su padre. Se ha despertado al escuchar el tropezón sigiloso de Héctor al entrar en su cuarto y trastabillar con uno de los cochecitos que, una vez más, no ha tenido tiempo de terminar de recoger. Se hace el dormido y deja que papá se vaya a dormir, aunque lo que le gustaría es contarle lo que ha hecho en el día y, sobre todo, a lo que ha jugado por la tarde después de los deberes. Era una persecución superchula, en la que los malos huían a toda caña, doce coches por lo menos, y al final a todos los atrapaba un solitario coche patrulla, el más rutilante de la colección, ese a cuyo volante se aferra, a diario, Héctor Hernandez Siguenza, su padre, que protagoniza todas las hazañas sobre el asfalto de su moqueta de rayas.


coches de juguete
Fuente: cochesguapos.com




Freak Show

Oscurecía sobre las colinas, dando al espectáculo un tinte morboso y, a la par, atrayente. Madre no había logrado quitarle de la cabeza, por muchos cachetes que empleara, el gusto por las rarezas extravagantes. Le había costado dormir la última semana mientras trataba de imaginar a los monstruos que sus ojos iban a contemplar. Las luces de gas mantenían el recinto con una razonable iluminación y su corazón latía al ritmo del organillo cuya música llegaba de todas partes sin que pudiera localizar su origen.
Achacó el temblor de sus manos al nerviosismo de la casi media hora que tuvo que esperar en la cola para entrar. Las rodillas le flojeaban cuando accedió al interior y pudo ver al fondo los diferentes habitáculos que encerraban las atracciones anunciadas. Decidió ser metódico y seguir un orden; no iba a perderse ninguna de ellas. Del antro de la mujer barbuda salió feliz, aunque algo espantado después de que le permitiera acercarse y tirar de la pelambrera que crecía en las mejillas de Madame Ambrose para comprobar su autenticidad. Se quedó boquiabierto con el hombre pulpo, capaz de manejar sus seis brazos con la soltura de un cefalópodo. Asistió con embeleso a la demostración del “hombre más fuerte del mundo”, en la cual levantaba sin pestañar a la monumental equilibrista Cleopatra con una sola mano, pero puede que fuera más por la indumentaria ligera de la joven y su tocado de reina egipcia. Después vinieron el hombre sin huesos, doblado en posturas imposibles, y el hombre de piedra, que detenía proyectiles de pistola con el pecho y se los extraía sin dolor aparente. Mientras contemplaba a la sirena nadar en su tanque de agua, seducido por el movimiento de sus branquias y la libertad de sus pechos al descubierto, la temperatura corporal de Wilson se disparó, le faltó aire en los pulmones y su organismo se vino abajo. Antes de la oscuridad total, escuchó dentro de su cerebro voces que tintineaban en un idioma que nunca antes había oído.
Cuando despertó, estaba rodeado de desconocidos, aunque tras examinar sus rostros con detenimiento, no dejaban de resultarle familiares. La mujer gruesa de cabellos ralos, por ejemplo, era la viva imagen de la barbuda, como si se hubiera rasurado de forma impecable. Allí estaban también el hombre forzudo, aunque su musculatura no parecía nada del otro barrio, y la sirena, tan bella como antes pero de pie sobre dos largas y torneadas piernas.
—¿Qué… qué os ha pasado? —preguntó Wilson entre carraspeos.
—Mejor dicho, qué te ha ocurrido a ti —comentó el hombre de piedra, cuya tez sonrosada desmentía sus capacidades—. Parece que te has desvanecido. No te preocupes, empero, ya estás recuperado. Podrás regresar a casa tan pronto te sostengas en pie. Tómate este reconstituyente de un trago —añadió ofreciéndole una taza humeante.
Wilson saboreó el brebaje y se sintió mejor casi de inmediato. Su mente flotaba todavía entre sus recuerdos de la función y lo que sus ojos le mostraban: un grupo de personas corrientes desenmascaradas. Se despidió de ellos con efusividad, tratando de ocultar su decepción.
En cuanto se hubo marchado, el hechizo se rompió y cada cual pudo retornar a su lugar de reposo. El hombre pulpo se despidió, con tres de sus extremidades, del forzudo que llevaba a Cleopatra sentada en su mano sin dificultad. La sirena nadó de vuelta en su pecera, aliviada de poder usar de nuevo esa cola que no soportaba dejar atrás. La última en marchar fue la mujer barbuda, mesándose la perilla que tanto le costaba disimular en presencia de los humanos.

El mago que no sabía hablar

Había aprendido de los mejores, su magia no tenía parangón. Sus maestros estaban impresionados. «Este muchacho tiene un potencial increíble» comentaba el Archimago Principal de la Orden de los Magos Parlanchines «pero si no aprende a hablar me veré obligado a expulsarlo».

El mago, Demiurgo de Tercer Nivel por méritos propios, sabía que se le acababa el tiempo. Deseaba tanto conseguir aquella preciosa túnica púrpura… Su abuelo y su padre habían pertenecido a la Orden de los Magos Parlanchines y antes que ellos su bisabuelo. Uno de los fundadores ni más ni menos. Sin embargo, él estaba a punto de romper la cadena y todo por aquel detalle sin importancia. ¿A quién le importaba que no supiera hablar? Con aquella preciosa túnica podría pasear por los pasillos de la Abadía de los Magos y pavonearse… sin palabras.

Le quedaba un último recurso. Era desesperado, es cierto, pero si lo hacía en el más absoluto secreto aquella invocación podría salvarle de la vergüenza absoluta.

Se encerró en el más lóbrego de los sótanos, aquel donde ni siquiera el Maestre de los Sicarios se atrevía a entrar. Cerró con mucho cuidado los siete cerrojos de las siete puertas y encendió siete candelabros de siete brazos. Dibujó con piel de serpiente y sangre de cordero una estrella de siete puntas. A continuación, desplegó sobre el atril de plata lunar, regalo de los Primeros Padres a la Universidad, y abrió aquel libro antiguo del que aseguraban que guardaba en su interior la sabiduría ancestral. El principio de todo conocimiento, lo que da forma a la realidad y puede retorcerla hasta cambiar su esencia: la palabra.

Con la capucha bajada sobre el rostro ceñudo por la concentración, a la cimbreante luz de las velas, dio comienzo al ritual:

«La eme con la a, ma. La eme con la e, me…».