El páramo

polvo-desierto

Cuando el enésimo charlatán me ofertó la desaparición de las visiones horribles en mis sueños, de todas y cada una de mis imágenes oníricas en realidad, no intuí que mi destino era caminar dormido por una llanura baldía con el polvo que levantan los pies como único acompañante. Ahora busco, en el silencio y la grisura, un vendedor de quimeras que me devuelva las pesadillas.

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No es un día cualquiera

sardinas

«Las facturas son la gruesa maroma que nos sujeta a la realidad».

K. Astur

La entresaca de folletos publicitarios y el rasgar de sobres con el esmalte de uñas exhausto son un ejercicio de obstinado apretar de dientes. Jorge arrastra las zapatillas por el linóleo hasta la encimera donde Amalia ha dejado caer al descuido el fajo de papeles que trae del buzón. Sigue leyendo

Pequeños Gigantes


Ya tengo en mis manos los ejemplares de Pequeños gigantes, que de la mano del sello Netwriters, recoge los trabajos de trece autores participantes en el evento quincenal Gigantes de Liliput de microrrelato en la red social Netwriters. Ha sido todo un honor formar parte de este grupo.

Puedes leer más en el blog de Atlantis, de la mano de su antóloga Carmen Fabre.

Tengo aún algunos en mi poder, te los puedo hacer llegar (escríbeme a ultralas@gmail.com) o puedes pedirlo directamente en tu librería habitual. Si lo tuyo es pedirlo por Internet, aquí tienes el enlace directo al catálogo de la editorial. No te arrepentirás.


Feng Shui


Isaac se apartó con espanto de la mesa en la que que había colocado las figuras del nacimiento. Alguien las había desbaratado. Los pastores estaban despatarrados de cualquier manera, los calderos volcados, las mujeres huían despavoridas del manantial. Ni rastro de animales, domésticos o salvajes. Las patrullas romanas se acuartelaban en el palacio del gobernador.
Se dio la vuelta y salió de su casa, necesitaba aire fresco. Sin embargo, en el exterior la gente yacía desperdigada en las calles desiertas. El silencio se había adueñado de la ciudad.
Con sus dedos gordezuelos, David volvió a jugar con la figurita de Isaac en el belén que su madre había colocado con primor.

Surcos


Ya no es el tupido manto níveo de siempre, límpido, preludio de viajes de finales del otoño, camino de una eterna Navidad. Quiero pensar que es culpa de la contaminación, de la puta crisis, del tiempo… Qué sé yo.

Contemplo los surcos que se despliegan ante mí hasta cerrar cualquier retorno. Transparentan la suciedad que no logran cubrir, polvo grisáceo de mi deshonra, vergüenza que acumulo por no haber sabido defender un imperio y por verme abocado a este asqueroso cuchitril donde esnifar estas rayas de mierda.

Tablas de pino

Madre e hijo se arrebujan junto a la estufa de leña que hay frente al humilde ataúd de Emiliano. Están solos los tres… no hay más paz ni calor en este velatorio desangelado. El rapaz aprieta con fuerza la mano de su madre.
—¿Por qué se llevaron a padre los hombres malos? Todos decían en el pueblo lo bueno que era.
—Lo sé.
—¿Quién cuidará de nosotros?
El pequeño solloza y, como si buscara consuelo o respuestas, saca del bolsillo de su pantalón la carta que Emiliano envió desde el penal. “El dolor te hará fuerte…”, piensa la madre. Le arranca la misiva y la lanza al fuego con rabia.
—Madre…, ahora no podré llorar nunca más.
—Lo sé.