Accésit en novela

Quiero compartir mi alegría por el accésit a mejor novela logrado en el III Premio Somnium de Ciencia Ficción y Fantasía convocado por la editorial Libros Mablaz. A continuación os detallo la relación de ganadores completa:

Palmarés del III Premio Somnium de Ciencia Ficción y Fantasía

Ganadora:  Amalia Núñez por  “Bimini”
Accesit: Pedro de Andrés Correas por  “PRÆCURSOR”
Finalistas
3º Carlos Torrijos “La gruta del musgo”
4º exaequo Teodoro Balmaseda “Misión: Antares” y Sergio Ramos Pérez ¡”Ellos!”
5º Carlos Torrijos “El coballa (con ll)”
6º Amalia Núñez “El reino boreal”
 
Y de regalo para los lectores, la portada provisional (aún está inédita la novela) que Álvaro Palomo de FDP Designs ha diseñado para la novela que inaugura el género CiberBlues.
portada praecursor.jpg
Enhorabuena a los finalistas y, en especial, a la ganador Amalia Núñez.

Humanos malditos

waroftheworlds

Mientras manipula los controles para que su nave venza la gravedad de ese planeta de muerte, recuerda a sus compañeros caídos. La invasión era un completo éxito ante un ejército de balas metálicas y vehículos con orugas que se deshacían como arena ante sus poderosas armas, hasta que habían sido derrotados por un minúsculo virus contra el que no tenían defensas. Solo él, inmune tal vez por naturaleza había sobrevivido a la letal enfermedad.

«Volveré».

YO RENIEGO…


En el laboratorio clandestino, la doctora Hernández levanta el rostro del visor del potente microscopio. Parpadea para ajustar su visión al mundo al que pertenece, abandonando la ilusión de flotar entre moléculas.
—¿Se da cuenta de lo que esto significa, doctor?
Heisenberg asiente. Nadie lo comprende mejor que él, la única persona que ha ganado dos premios Nobel científicos: Física y Medicina. Y ha llegado a odiarlos de tal manera…
Durante más de una década en la cresta de la ola se sintió como un dios. «Asclepio, Hermes, apartaos. Ha llegado Heisenberg. Solo yo he vencido a la enfermedad y a la muerte. Yo decodifiqué el secreto de la vida. Humanos, yo os he convertido en inmortales».
Qué soberbia. Tan solo doscientos años después, superpoblación, la natalidad demonizada y el ocio convertido en vicio depravado. Se vio obligado a iniciar, en secreto, una nueva línea de investigación que no buscaba, sin embargo, un tercer Nobel… no quedaban tan altas miras sobre la faz de la Tierra.

La doctora Hernández no oculta un sollozo poco científico. Han logrado identificar el agente molecular que, una vez liberado y sin posibilidad de redención, dará la bienvenida a la Muerte en nombre de la Humanidad.

YO RENIEGO…


En el laboratorio clandestino, la doctora Hernández levanta el rostro del visor del potente microscopio. Parpadea para ajustar su visión al mundo al que pertenece, abandonando la ilusión de flotar entre moléculas.
—¿Se da cuenta de lo que esto significa, doctor?
Heisenberg asiente. Nadie lo comprende mejor que él, la única persona que ha ganado dos premios Nobel científicos: Física y Medicina. Y ha llegado a odiarlos de tal manera…
Durante más de una década en la cresta de la ola se sintió como un dios. «Asclepio, Hermes, apartaos. Ha llegado Heisenberg. Solo yo he vencido a la enfermedad y a la muerte. Yo decodifiqué el secreto de la vida. Humanos, yo os he convertido en inmortales».
Qué soberbia. Tan solo doscientos años después, superpoblación, la natalidad demonizada y el ocio convertido en vicio depravado. Se vio obligado a iniciar, en secreto, una nueva línea de investigación que no buscaba, sin embargo, un tercer Nobel… no quedaban tan altas miras sobre la faz de la Tierra.

La doctora Hernández no oculta un sollozo poco científico. Han logrado identificar el agente molecular que, una vez liberado y sin posibilidad de redención, dará la bienvenida a la Muerte en nombre de la Humanidad.

ESTACIÓN CARONTE


Siempre había sido de clásicos, desde Debussy hasta Springsteen. Cualquiera lo diría. Uno de los Colonos, punta de lanza de la Humanidad durante la expansión, no disfrutaba de la «música de los sentidos». La consideraba falsa, electrónica pura, una droga cibernética. «No es verdadero arte, carece de sentimiento», debatía con quien se aviniese a tratar el tema durante una cerveza.
Aislado en la Estación Caronte, más allá de toda esperanza, no tenía con quién discutir. Su único consuelo consistía en el libre acceso del sistema de audio. Más de siete terabytes de música digital a la vieja usanza, cientos de miles de álbumes con todos sus temas, sinfonías, arias, sonatas… Y, entre todas ellas, la banda sonora de su aislamiento: Wish you were here de Pink Floyd. Podía escucharla más de cinco veces al día, entre muchas otras, sin cansarse. Como desearía que estuvieras aquí…, una y otra vez, hasta la obsesión. La soledad era la más pesada de las paradojas, pues había constituido el motivo último de su decisión de alistarse en la Tierra para terminar solo de nuevo. Lo absurdo de cruzar dieciséis radios galácticos para terminar sin ninguna compañía. Un virus, una bacteria alienígena. «¿Qué más da? Lo puñeteramente jodido es ser el único inmune entre una población de casi doce mil». Como desearía que estuvieras aquí. Si lo deseaba con mucha fuerza, tal vez…
Interrumpió su carrera con tal brusquedad que casi se cae. Frente a él, al otro lado del corredor Jota, donde acostumbraba a ejercitarse, parpadeó una muchacha. «Las personas no parpadean», pensó aturdido. Era como si rotara entre diversas apariencias hasta decidirse por una. «Que me aspen… es Mary Parker. Reconocería esa cara redonda y pecosa en cualquier lugar, pero…».
—Siempre hemos estado aquí, pero no habíais mirado bien —dijo la muchacha.
—Eres imposible —contestó él cuando por fin recuperó el habla—. Estoy seguro de ser el único humano en la Estación Caronte —jodido nombre— después de más de un año desde el desastre.
Ahora la veía con nitidez, le miraba con la cabeza ladeada y sin parpadear.
—No te falta razón. No soy humana ni el fruto de tu imaginación de asceta. Soy la última representante de la especia que ha habitado este planeta durante generaciones, extinguida por una enfermedad que vino, con vosotros, del espacio.
—¿Por qué no os comunicasteis antes?
 —Lo hicimos, pero no supisteis escuchar. Ahora tu deseo de que estuviera aquí me ha dado el cuerpo con el que tus sentidos son accesibles a mi realidad. Es tarde para todos los demás, los tuyos y los míos, mas no es tarde para mí. No tenemos por qué estar solos nunca más.

La estupefacción dio paso a una sonrisa de lágrimas y agradecimiento. Por una vez en su triste vida, un deseo, a base de machacarlo, se había hecho realidad. Buscó de nuevo el tema en el reproductor y pulsó Play.

Imagen propiedad: NASA/JPL

Dedicado a mi buena amiga Linn, al otro lado del Atlántico. DJ Ultra still alive. 

ESTACIÓN CARONTE


Siempre había sido de clásicos, desde Debussy hasta Springsteen. Cualquiera lo diría. Uno de los Colonos, punta de lanza de la Humanidad durante la expansión, no disfrutaba de la «música de los sentidos». La consideraba falsa, electrónica pura, una droga cibernética. «No es verdadero arte, carece de sentimiento», debatía con quien se aviniese a tratar el tema durante una cerveza.
Aislado en la Estación Caronte, más allá de toda esperanza, no tenía con quién discutir. Su único consuelo consistía en el libre acceso del sistema de audio. Más de siete terabytes de música digital a la vieja usanza, cientos de miles de álbumes con todos sus temas, sinfonías, arias, sonatas… Y, entre todas ellas, la banda sonora de su aislamiento: Wish you were here de Pink Floyd. Podía escucharla más de cinco veces al día, entre muchas otras, sin cansarse. Como desearía que estuvieras aquí…, una y otra vez, hasta la obsesión. La soledad era la más pesada de las paradojas, pues había constituido el motivo último de su decisión de alistarse en la Tierra para terminar solo de nuevo. Lo absurdo de cruzar dieciséis radios galácticos para terminar sin ninguna compañía. Un virus, una bacteria alienígena. «¿Qué más da? Lo puñeteramente jodido es ser el único inmune entre una población de casi doce mil». Como desearía que estuvieras aquí. Si lo deseaba con mucha fuerza, tal vez…
Interrumpió su carrera con tal brusquedad que casi se cae. Frente a él, al otro lado del corredor Jota, donde acostumbraba a ejercitarse, parpadeó una muchacha. «Las personas no parpadean», pensó aturdido. Era como si rotara entre diversas apariencias hasta decidirse por una. «Que me aspen… es Mary Parker. Reconocería esa cara redonda y pecosa en cualquier lugar, pero…».
—Siempre hemos estado aquí, pero no habíais mirado bien —dijo la muchacha.
—Eres imposible —contestó él cuando por fin recuperó el habla—. Estoy seguro de ser el único humano en la Estación Caronte —jodido nombre— después de más de un año desde el desastre.
Ahora la veía con nitidez, le miraba con la cabeza ladeada y sin parpadear.
—No te falta razón. No soy humana ni el fruto de tu imaginación de asceta. Soy la última representante de la especia que ha habitado este planeta durante generaciones, extinguida por una enfermedad que vino, con vosotros, del espacio.
—¿Por qué no os comunicasteis antes?
 —Lo hicimos, pero no supisteis escuchar. Ahora tu deseo de que estuviera aquí me ha dado el cuerpo con el que tus sentidos son accesibles a mi realidad. Es tarde para todos los demás, los tuyos y los míos, mas no es tarde para mí. No tenemos por qué estar solos nunca más.

La estupefacción dio paso a una sonrisa de lágrimas y agradecimiento. Por una vez en su triste vida, un deseo, a base de machacarlo, se había hecho realidad. Buscó de nuevo el tema en el reproductor y pulsó Play.

Imagen propiedad: NASA/JPL

Dedicado a mi buena amiga Linn, al otro lado del Atlántico. DJ Ultra still alive.