Deja que Bilbao te cuente…

El pasado 20 de julio se presentó la antología Deja que Bilbao te cuente en el hotel Abando de Bilbao, un libro que recoge los relatos premiados y seleccionados en el pasado Certamen de relato Aste Nagusia. Tuve el honor de recibir de manos de los representantes de la Compañía Gargantúa de Bilbao la botella que me acredita como accésit de relato junto a la ganadora del mismo Idoia Ibarrondo. Además, comparto publicación, además de con otros compañeros, con mi hermana Elena que escribió un entrañable relato que fue seleccionado para aparecer en la antología. ¿Qué más se puede pedir? Bueno sí, ganarlo… Habrá que intentarlo de nuevo el año que viene.

Crónica de un txupinazo – Aste Nagusia 2015

Este es el relato con el que he participado en la última edición del Certamen Internacional Aste Nagusia de 2015. He querido esperar a sacarlo del baúl a una fecha especial: el día de comienzo de la Semana Grande de Bilbao. Espero que os guste.

Nueve días

Mari Jaia en el txupinazo. Relato del Certamen Internacional Aste Nagusia 2015
https://astenagusi.wordpress.com/
Las mariposas que le corrían por el vientre han quedado tan desmadejadas como ella después de revolotear entre las sábanas que le cubren medio cuerpo. Le gusta esa combinación de calor saciado y escalofrío de piernas y brazos al descubierto. No se pregunta si debe esconder la mirada con discreción cuando, con el trasero al aire, su amante ocasional cruza la habitación a saltitos para entrar en el cuarto de baño. ¿Por qué habría de hacerlo? Si ella lo ha estado permitiendo, si casi lo ha fomentado en más de un sentido, hora es de predicar con el ejemplo. Mientras él canturrea en el aseo, ella medita en silencio y llega a la conclusión de que ha merecido la pena. Por primera vez, se ha saltado todas las costumbres y no se arrepiente. Se enfrentará a quien sea, pero tenía que saber cómo es conocer a un hombre guapo y seducirlo. ¿Y qué si ha elegido a uno casado? Sabe, los dos lo saben, que va para unos días como máximo, que lo suyo no tiene futuro. Lo asumen con mentalidad de disfrutarlo mientras puedan. Acaba de pasar las mejores horas de su existencia en una noche de viernes que jamás olvidará. Allá él y su vida. Ella no tiene por qué esconderse.

Amanece el sábado, dieciséis de agosto, el día en que se perderá el primer txupinazo de su vida. Es mediodía y aún retoza en la cama con pereza de sexo satisfecho. Él ha salido temprano. Ni siquiera recuerda su nombre y él tampoco ha querido quedarse a desayunar. Lo entiende. Se debe a su familia, aunque no por ello ha dolido menos. ¿Será siempre así? No se ha enamorado, eso sí que tendría gracia. Es más bien la acumulación de sensaciones en un cuerpo que por fin se ha visto colmado. Ahora mismo no podría con otro asalto, está felizmente exhausta. Razón de más para que ninguna nostalgia sea comprensible. Es hora de salir de la habitación del hotel Abando. No ha escuchado el estallido en sus oídos, sino que ha palpitado en su pecho. Consumatum est. Se pregunta cómo habrán sido esos momentos en los que, tras la tensión acumulada durante el pregón, el txupinazo descorcha el espíritu festivo. La txupinera ha dado comienzo a la Aste Nagusia y, aunque le da miedo saber, no consigue vencer el impulso de salir a comprobarlo.

Colón de Larreategui es ya una calle repleta de gente. Aún falta una hora para la apertura de txosnas, pero tanto los bilbaínos como los numerosos visitantes están hambrientos de descubrir lo que la Semana Grande esconde para los próximos nueve días, de anticipar la fiesta en toda su extensión. Conforme se acerca al Arenal, bajando el puente a través de una verdadera marea humana, detecta los primeros detalles: la gente habla en corros sin alzar la voz, a pesar de tener que competir con los altavoces que emiten a todo volumen la segunda o tercera versión de Badator Marijaia de Kepa Junquera. Algo ha sucedido durante el txupinazo. Hay luces de policía y alguna sirena policial en medio del revuelo que se intuye en el Teatro Arriaga. El Arenal está lleno de una hostilidad que solo ella puede sentir, como si de pronto, todos los desconocidos que la rodean fueran a señalarla con el dedo como culpable de lo ocurrido allí. No ha sido buena idea. Decide cambiar de rumbo y retrocede lo justo para bajar por la rampa hacia el muelle de Ripa. En su pecho pugnan su amor por las fiestas y la sensación de que es una extraña que solo viaja al Botxo para vivir la Aste Nagusia. ¿Acaso no es todo una gran mentira hipócrita? La diversión se convierte en ceniza en su boca. Solo de pensar en acudir a los eventos de costumbre, los toros, la bajada de las comparsas o los concursos gastronómicos, le atenaza una náusea en las entrañas, esas que vibraban en la habitación del hotel tan solo unas horas antes. Eso sí que no se lo quita nadie. Se siente mujer como nunca antes, con pleno derecho sobre su cuerpo, sin que nadie decida por ella o le diga dónde y a qué hora debe estar. Reconfortada, continúa su paseo y descubre rincones que, en los años pasados, no ha tenido tiempo de admirar. La Universidad de Deusto o los puentes sobre la ría; los flamantes rascacielos y los jardines que la jalonan. Ese Bilbao, su Bilbao, que es futuro.

El paseo es revitalizante. Se cruza con turistas de todas clases, la brisa alivia el calor y aleja de su mente las preocupaciones para quedarse con el sentimiento de libertad, de la caricia ávida sobre la aspereza de su amante, de la excitación de lo clandestino. ¿Podrá volver a disfrutarlo? Da media vuelta. Quiere regresar al hotel, darse un largo baño y bajar a cenar. Le han recomendado las mollejas y ya casi puede saborearlas mientras rodea la pasarela del Zubizuri. Y después, volver a encontrarse con él. Le ha prometido un par de horas robadas a su familia. La punzada culpable dura tan solo un segundo, lo que tarda en recordar el ronco gemido de placer en su oído. Por un rato, casi se olvida de todo.

Se ha desviado para ver el interior del gimnasio en el complejo de las torres de Isozaki. En los enormes ventanales puede ver el reflejo de dos rostros que, por anodinos, reconocería en cualquier parte. Están de nuevo tras su pista, si es que la han abandonado en algún momento. Pero no, Él no le habría permitido seguir con esta bella locura de saber que… Ella está atada a Él de por vida, por la promesa de su propia madre. Sube corriendo las escaleras en dirección a Mazarredo, en un vano intento por despistarlos. Si consigue llegar al Arenal puede perderse entre el gentío, pero está demasiado lejos. Angustiada, aviva el paso hacia los Jardines de Albia. Tal vez pueda confundirse con los que alternan entre las txosnas del Palacio de Justicia, el Café Iruña y el ambiente de la calle Ledesma. Ya lo divisa cuando deja atrás el Colegio de Abogados. La esperanza acaricia sus mejillas como la brisa de la ría hace tan solo unos minutos. En vano. Dos manos férreas la sujetan por ambos antebrazos. Para ella ha terminado la Aste Nagusia. Su momento de gloria.

Hace generaciones que no ha estado en su presencia, pero no ha olvidado lo imponente que llega a ser, lo diminuta que la hace sentir.

—No voy a suplicar tu perdón —dice con una valentía que no siente—. Haz de mí lo que creas conveniente, mas no hallarás arrepentimiento.

—Mi dulce Mari, sabes que te quiero como a la hija que nunca he tenido. Sabes, también, que no fue por mi voluntad que quedaras atada a las montañas, a cambiar de residencia cada siete años. Desde tu morada en la cara este del Anboto, has atendido a tus fieles y los ayudado a vencer a mi oscuridad con la eguzkilore, la flor del sol. Una y otra vez he permitido que impartas justicia y castigues la mentira. Eres libre de ir y venir por tus dominios.

Ella asiente cabizbaja. Sabe lo que viene a continuación. La voz tonante se tiñe de la impaciencia de siempre.

—A cambio, solo te he exigido cada año nueve días de tu vida, que desciendas a la ciudad y permitas a los seres humanos gozar de la fiesta y, a ser posible, liberar su bajos instintos para olvidarse de sus problemas por unas horas. Y ahora decides que esos días son demasiado, que han de ser también para ti. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

—¿Egoísta dices? —estalla Mari. Da por buenas las breves horas vividas en auténtica libertad, bajo la amenaza, sí, pero dueña de su destino—. Es la primera vez que me he sentido viva de verdad. No he hecho sino servir desde mi concepción. ¿Acaso es tanto pedir? Solo quería probar unas gotas de ese elixir que es la vida…

Su mirada le pesa, no le queda más remedio que encogerse. Es demasiado poderoso. Un solo pensamiento y ella desaparecería para siempre, incluso del recuerdo de sus cada vez más escasos fieles. «No me lo puede quitar todo. Esas horas han sido solo mías». Se prepara para la tormenta que se cierne y, por ello, se sorprende cuando la voz que le habla es ahora paternal.

—Los tiempos cambian. Tal vez sea hora de que nos pleguemos a sus corrientes. —Hace una pausa, parece resistirse a su propia decisión—. Esto es lo que harás y no hace falta que te diga que no es negociable. Volverás y serás el alma de la fiesta como lo has venido siendo hasta ahora. A cambio, podrás vivir la vida a tu aire durante otros nueve días, antes de regresar a tus montañas. Que el fuego que da fin a las festividades sea el de tu liberación. Así sea. Ahora…, fuera de mi vista.

Los bilbaínos suspiran aliviados ante la noticia: en las horas que siguen al amanecer del lunes de Aste Nagusia, en los almacenes del Teatro Arriaga han hallado a Marijaia, desaparecida desde el viernes. El txupinazo no fue el mismo sin ella, pero ahora podrán seguir disfrutando de su Semana Grande.

CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATO ASTE NAGUSIA 2104

Aquí tenéis el relato con el que gané el Accésit a Mejor Relato Negro del Certamen Aste Nagusia de Relato Corto 2014. Está recogido en el libro “Historias de Bilbao en Fiestas”.

 

Justicia Festiva

Este es el relato con el que he ganado el Accésit a Mejor Relato Negro del Certamen Aste Nagusia de Relato Corto 2014. Está recogido en el libro “Historias de Bilbao en Fiestas”.
Son tres camaradas ocasionales, compañeros de trabajo y ahora socios en el crimen. Bajo la marquesina de un flequillo graso, Andoni resopla por los huecos de la nariz antes de sentar cátedra, como cada vez que habla.
—Os digo que podemos hacerlo, que lo vi en una película de esas de Navidad… Cuando esté mamado, se acojona y… ¡zas! Nos da el día libre.
—Ahora que lo mencionas, a mí también me suena —responde Iker. Siempre está de acuerdo con Andoni—. “Los fantasmas asustan al jefe”, o algo así.
Juanchu resopla y apura su zurito a la vez que alza una mano para que el camarero sirva otra vuelta. No necesita decir más. Es perro viejo, el veterano gruñón de la empresa. Hubo un tiempo en el que bastaba una alzada de sus gruesas cejas para que el pinche de turno tuviera que correr al aseo. «Cuando había pinches…», piensa una vez más con agujas en el estómago y se zambulle en la cerveza del vaso. Sabe que solo son sinsentidos de los otros dos, pero tampoco se impone. Es más llevadero tomárselo a broma y seguirles el rollo.
—Mira Iker. Te coges la furgo y la vaciamos. Juanchu, tú solo tienes que vigilar la puerta del «ogro». Estará dándole al de malta, como siempre… —Juanchu se deja llevar, ríe con ellos y hasta hace como que aporta planes alternativos. Apura la bebida, paga y se marcha a casa. Basta ya de tanta tontería.
***
«Cuadrilla de pusilánimes», dice en voz alta, aunque en realidad es un comentario para sí mismo. Le gusta la palabra. Pusilánime. Tiene un algo que imprime carácter a quien la pronuncia, como a Don Nicolás —el de latín—, que la utilizaba tan a menudo. Y Eleder Eskurtze la repetía constantemente, en especial cuando se refiere a sus trabajadores. «Corren a sus casas como conejos. Se pasan el día pensando en irse, no se implican en el proyecto de empresa». Para más inri, ahora le vienen con que quieren librar el viernes de la Semana Grande. Qué desfachatez. ¿Es que no se dan cuenta de lo mal que están las cosas? «Pues van de culo. A trabajar como cabrones o sino… ahí tienen la puerta», otra de sus máximas preferidas, la que lograba que el temor asomara al rostro de sus empleados, manteniéndolos doblegados.
***
Secuestrar a Mariajaia… Esta sí que es buena. Decenas de miles de personas en el recinto festivo y esos dos planeando un rapto a lo James Bond. Juanchu sonríe mientras introduce las llaves en la cerradura de casa. Bego le espera en la sala, viendo la ETB y él saluda sin pretensiones. Este trabajo me está robando la vida. Una rueda sin fin de jornadas de diez horas —o más— de cocina, de librar un día a regañadientes. Cuando llega solo piensa en echarse sobre la cama, cerrar los ojos y perderse en tinieblas.
—Buenas noches, cariño. —Parece que hoy está de mejor humor—. ¿Le habéis pedido ya el día grande al jefe?
Una larga inspiración. Se le encoge el pecho con solo pensarlo. Bego quiere ir a las barracas, pasear por el Arenal. «Como cuando éramos novios», le había dicho, coqueta.
—Está solucionado, mi vida. Y ahora, si no te importa, me voy a dormir, estoy hecho polvo.
Que me aspen si no se le ha iluminado el rostro ante la «noticia». Verás cuando se entere de que hemos ido a hablar con el «Ogro», pero que nos ha echado tal bronca que hemos salido del despacho con el rabo entre las piernas…
Secuestrar a Marijaia. Qué estupidez.
***
Apenas ha descansado en toda la noche y, para colmo, ha tenido que sofocar el llanto cuando, después de terminada la película, ha llegado Bego a la cama y se ha abrazado a su cuerpo. No recuerda la última vez que durmieron así, pegados hasta iniciar ese suave ronquido que había aprendido a tolerar.
Con los ojos irritados, deja caer la bomba en medio de un frenesí de cebollas peladas.
—Muchachos, no podemos secuestrar a Marijaia… —rostros compungidos que le miran. Andoni resopla y deja caer el cucharón que salpica de salsa la encimera—. Pero tengo un plan.
—Yo ya había hablado con los del grupo —interviene Iker sin dejarle continuar. A veces es un fastidio—. Me dejaban el aparato del humo para el escenario…
—Lo necesitaremos —le anima Juanchu, retomando las riendas del discurso—. Forma parte del proyecto. Lo haremos cuando ya haya empezado la Aste Nagusia y el ambientillo haya llenado las cabezas de todos en la ciudad. Después de todo, no sería creíble que apareciera antes de su llegada a la fiesta, ¿no?
Tiene la atención de sus dos compañeros. Están entusiasmados. Lee en sus rostros la esperanza, aunque también extrañeza.
—Si no la secuestramos, ¿cómo vamos a traumatizar al jefe? —Andoni remueve la salsa con brío renovado.
—Tú eres demasiado fino para el plan, Andoni. Necesitamos alguien más corpulento. —Se gira para señalar al joven—. Iker será Marijaia. Solo necesitamos un buen disfraz, una película y… el humo de los efectos especiales.
—La leche, Juanchu. Eres un genio —sentencia Andoni que se acaba de quitar un peso de encima. Planear un secuestro en la tasca es algo en que matar el tiempo entre cañas, pero ahora suena a posibilidad.
Juanchu se frota las manos en el delantal y se quita importancia: «La idea fue de vosotros dos. Solo he buscado una forma menos llamativa». Iker se rasca la cabeza por encima del gorro de cocina. No acaba de verlo claro.
—Pero Juanchu…, el «Ogro» no va creerse que soy Marijaia. Y menos con esta voz de cantante de rock.
—Melones. ¿Habéis oído alguna vez la voz de Marijaia? —pregunta Juanchu con el entrecejo que marca diferencias. Iker se achanta, no es cosa de llevar la contraria al viejo cocinero—. Entre los copazos y que la pobre no tiene cara de voz melodiosa… todo arreglado.
Juanchu no quiere pensar que se lo juega todo a una carta. No puede fallar a su Bego. «Ahí tienes la puerta», diría el jefe si le pide la jornada libre. Carajo, si ni siquiera viene un cliente a comer el Día Grande desde hace dos años. El restaurante está demasiado alejado del ambiente. Es por joder, no puede gozar de una fiesta. No soporta ver a la gente feliz.
Marijaia es la única esperanza.
***
Apura su copa. Adora el tintineo del hielo contra el grueso cristal. Están tramando algo, esa animación no es normal. Tengo que llamar a la asesoría, no me vayan a pillar desprevenido.
Revisa por segunda vez la columna de saldos bancarios y la cuenta de pérdidas y ganancias del restaurante. El contable externo le ha comentado que no debería quejarse, que otros se han visto obligados a cerrar y, sin embargo, Eskurtze todavía capea el temporal. Los últimos recortes en plantilla han mantenido en positivo el apartado de beneficios, si bien ya no son tan cuantiosos como solían. «Me importa un pito la crisis. Estoy en esto por la pasta». Rellena el vaso y una idea le da vueltas. Tal vez pueda reducir salarios ya que no puede despedir a nadie. No si quiere cubrir los mínimos… Una amenaza con la puerta y fijo que aceptan la rebaja de sueldo.
Está a punto de tragarse un hielo del susto. Dos golpes secos en su puerta han disipado todas sus previsiones. Anonadado, busca en el vaso una respuesta al estupor. Baja los pies de la mesa con el vello desplegado sobre la nuca, aunque no se atreve a ponerse en pie. Como si fuera menos vulnerable tras el parapeto que le ofrece el vetusto escritorio familiar. «Si es un robo, evita mirar en dirección al escondite de la caja», piensa a toda velocidad, pero calmado ante la amenaza.
Vuelven a llamar, pero esta vez Eskurtze no se asusta, ni siquiera cuando un tenue vaho azul se filtra con timidez por debajo de la puerta. Como si viviera la experiencia a través de una cámara de video distante, escucha su propia voz que dice «adelante».
La puerta se hace de rogar. Quienquiera que sea no tiene prisa, no hay violencia en el movimiento. Entre el vapor sobrenatural aparece una silueta rígida, los brazos en alto. Eskurtze tiene tiempo de extrañarse. Suele ser el atracado el que los levanta cuando es encañonado… Nada le ha preparado para lo siguiente.
—Soy el espíritu de la Aste Nagusia pasada y… futura.
Esa voz. Qué leches… Un blusón morado partido por un florido pañuelo.
—¿Qué significa esto? —arranca por fin a preguntar, mientras se frota los ojos. Se está empezando a cabrear y siente la presión arterial bombear a toda máquina.
***
Juanchu llega el martes temprano al restaurante. Se acostó tarde. Bego le pidió que se quedara con ella a ver la película y el nuevo estatus entre ambos le animó a aceptar la tregua. Como de costumbre, abre la cocina y enciende luces y aparatos. Está ansioso por conocer el resultado de la «fechoría» nocturna. No confía demasiado en Iker. Es un joven atolondrado, pero tuvo que dejarlo en sus manos. Ahora que lo piensa, ha visto el coche del «ogro» en el aparcamiento y eso no presagia nada bueno; no suele madrugar tanto y es animal —nunca mejor dicho— de costumbres. Con el estómago encogido se aleja de los fogones en dirección al despacho. No se pierde nada con echar un ojo y tantear el terreno.
La puerta del cubil está entreabierta, pero no se oye nada. Ni siquiera un madrugador tintineo on the rocks. Lo que descubre al trasponer el umbral le deja estupefacto, llenándolo de horror y profunda culpabilidad. En su sillón, con la tez abotargada y violácea, está sentado lo que queda de Eleder Eskurtze. Sus restos mortales. No hace falta ser un forense para saberlo, aunque despliega la tapa del móvil con destreza para llamar al 112. Antes de marcar, ve en la pantalla que tiene un mensaje de Andoni. El corazón vuelve a dar un porrazo en el pecho de Juanchu y lo abre apresuradamente.
“Operación demorada
no hay disfraz para Iker
martes prestan blusa rosa
volvemos a intentar
hablamos luego”.
***
Es el Día Grande de Bilbao. Suena el txupinazo que da comienzo a la jornada. La ciudad estará más animada que nunca, pero Juanchu no puede evitar sentir una carga en el pecho al colocar el cartel de «Cerrado por Defunción». Mientras cierra la puerta del establecimiento, ve el reflejo de Marijaia en el cristal. “Qué carajo…”. Se gira pero solo ve a Begoña que espera en la acera, feliz, como cuando eran novios. Su sonrisa disipa todas las sombras.