Segunda edición de El libro de las historias subterráneas

En 2016 publiqué El libro de las historias subterráneas con la editorial Maluma (sin chistes musicales, por favor). Han pasado cinco años y he pensado en reeditarlo junto a mis otras obras independientes. La familia ya está al completo. Si aún no has leído esta historia de misterio y fantasía romántica que transcurre en el metro, bajo el suelo de Madrid, y en el que el intercambio de relatos tiene un papel importante, es el momento de darle una segunda oportunidad.

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Ya a la venta Mester de brujería

Escapé de una celda con licor y una canción, sólo para terminar pegado a una silla de montar.

Me colé en la tumba de un brujo y conseguí su anillo…, a cambio de uno de mis dedos.

He tocado el laúd ante un rey, pero acabé bañado en sangre.

Viajé por la Hispania oculta en busca del portal de los mundos.

Me llamo Rapaz, y seguro que no has oído hablar de mí.

Escapé de Loviara con la apariencia de un mozo y, perseguida por el hielo, acabé donde quería: adosada a un bardo errante.

Sobreviví al rescate de una aldeana,secuestrada en la cueva del río, aunque en el empeño perdí a mi niña interior.

He tocado con el alma la brutalidad del Alto Oficio y acabé bañada en lágrimas de sangre.

Viajé por la Hispania oculta en busca de mi padre.

Me llamo Inesia, y seguro que no has oído hablar de mí.

Así leáis lo acontecido en este viaje, y de los esfuerzos y padecimientos hasta alcanzar un destino que cambió nuestro mundo… y nuestras vidas.

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Mester de brujería – Cantigas de Inesia y Rapaz

Hoy tengo el placer de anunciar oficialmente el lanzamiento de una nueva novela. El mérito no es sólo mío, he tenido el placer de disfrutar de su escritura junto a la escritora Marta Estrada y, como añadido extra, va a salir ilustrada por Mario García (buscadlo en Instagram como @marius.1964 y flipadlo un poquito). Como adelanto, hoy os muestro una de esas ilustraciones que el pintó en color y que en el libro irá en blanco y negro. Aunque la imagen ya la hemos mostrado en Instagram y Facebook, no os quedáis sin primicia. La sinopsis:

Escapé de una celda con licor y una canción, sólo para terminar pegado a una silla de montar.

Me colé en la tumba de un brujo y conseguí su anillo…, a cambio de uno de mis dedos.

He tocado el laúd ante un rey, pero acabé bañado en sangre.

Viajé por la Hispania oculta en busca del portal de los mundos.

Me llamo Rapaz, y seguro que no has oído hablar de mí.

Escapé de Loviara con la apariencia de un mozo y, perseguida por el hielo, acabé donde quería:adosada a un bardo errante.

Sobreviví al rescate de una aldeana,secuestrada en la cueva del río, aunque en el empeño perdí a mi niña interior.

He tocado con el alma la brutalidad del Alto Oficio y acabé bañada en lágrimas de sangre.

Viajé por la Hispania oculta en busca de mi padre.

Me llamo Inesia, y seguro que no has oído hablar de mí.

Así leáis lo acontecido en este viaje, y de los esfuerzos y padecimientos hasta alcanzar un destino que cambió nuestro mundo… y nuestras vidas.

Tesis doctoral

El historiador deportivo había analizado la evolución del fútbol desde sus inicios en la Gran Bretaña. Los dos primeros volúmenes del ensayo le habían parecido, de inicio, brutales y primitivos. Se relajó al llegar a la era tecnológica, con las consultas en diferido que resolvían jugadas dudosas, para continuar en la etapa predictiva en la que potentes ordenadores decidían los resultados en base a datos como los contratos de los jugadores, las lesiones y posibles variaciones tácticas. Se entretuvo poco en relatar, con multitud de referencias bibliográficas, cómo los entrenadores, con sus propias inteligencias artificiales, eran capaces de anticipar sus estrategias a las a predicciones oficiales, con la consiguiente caída en Bolsa de las acciones de las casas de apuestas deportivas. Cerró el archivo en su pantalla táctil, se colocó las gafas sobre el cada vez más escaso cabello de su cabeza y suspiró. El último capítulo, la próxima y anhelada Copa del Mundo, se escribiría sobre el césped de un Maracaná a rebosar.

Me gustas (Pablo Gavilán 7)

Gavilán abrió los ojos y esperó a que pasaran esos minutos de desorientación. No le sorprendía el hecho de estar desnudo y acompañado, no recordaba haber usado pijama en su vida. Lo insólito era no sufrir con la resaca. Se levantó y bebió agua del grifo, más por costumbre que por necesidad. Con el vaso del lavabo aún en la mano se sentó a horcajadas sobre la silla del escritorio; el respaldo solo dejaba a la vista cabeza y extremidades. Daba sorbos distraídos con la mirada fija en la mujer que dormía boca abajo sobre la cama.

—Buenos días, preciosa. Sí, me acuerdo de tu nombre: Susana. Y de que trabajas en una editorial. Estás dormida, puedo hablar sin pavadas. Espera…, no te muevas —Gavilán se levantó y descorrió la sábana que tapaba la parte baja de su espalda. Continuó el monólogo tras sentarse de nuevo en la misma posición de antes—. Mejor así, no tienes nada que esconder, por mucho que anoche dijeras que no te gustaba tu propio trasero y lo mucho que vas al gimnasio para mantenerte en forma. Sé que no me creíste cuando te dije que no te hacía falta, que era cojonudo y entonces preguntaste cómo es que lo sabía. Qué pregunta… Me lo comía con los ojos cada vez que te movías por el pub o cuando fuiste al baño a “empolvarte” como lo llamáis.

»Hemos pasado la noche juntos, tomando tónicas sin ginebra y tú refrescos light. Acabamos en la habitación, en la tuya y a pesar de todo, me da un corte de la leche arrimarme mientras duermes. Supongo que no te importará si te miro más de cerca. Dios, qué bien hueles, ¿sabes? Es la primera vez que me despierto sereno con una tía al lado. No te he contado nada de esto. Si te llego a decir que llevo solo dos semanas fuera de la clínica de borrachos anónimos te largas de la misma. Ya no soy el mismo gavilán de antes, pero todavía sé cómo engatusar a una chica.

»Antes no hubiera sido capaz de hablar de todo esto, ni de coña. Pero las sesiones me acostumbraron a desembucharlo todo. Y es verdad: sienta de cojones. Me alegro de que no me conocieras antes, te lo juro. Era un bastardo cabrón con todas las mujeres. Solo me atraían las jovencitas… No, nunca he sido un pedófilo de esos, joder. Eran mayores de edad siempre, pero yogurines. En cambio tú…

»Me gusta acariciar tu espalda sin que te enteres, surfear esas ondas tan femeninas. Cómo me ponen. Escucho el rumor de tu respiración indefensa y en calma. Pareces tan confiada. Me gustas un montón, ¿sabes? He necesitado una vida para darme cuenta de lo solo que la he vivido. Me gustas, pero no te lo voy a decir. Me darás un beso y dirás que ha sido una noche genial y que ya nos hablamos, aunque sé que no volveré a verte. Sé que solo nos conocemos de una noche, que no puedo estar tan pillado. Tal vez.

»No merezco ser feliz, he hecho desgraciadas a demasiadas mujeres, es mi castigo. Moriré como he vivido: solo. Has de saber que me gustas y que creo que podría vivir contigo el resto de mi puta vida. Quería decirlo aunque no me atreva a hacerlo a la cara.

Susana levantó la cabeza y agitó sus rizos oscuros, casi negros. No tenía cara de dormida y sí una sonrisa divertida.

—No seas tonto, Gavilán. Esta vez eres tú la presa.

Flashback (Pablo Gavilán 6)

La tensión de los primeros minutos se había disipado casi por completo. Los relatos, encadenados bajo la supervisión del doctor, destejían los hilos torcidos de aquellas vidas. Sin embargo, solo después de su turno podía relajarse, como en aquellos tiempos remotos en que la maestra disparaba aleatorias preguntas a los alumnos. Ya era un veterano, conocía el ritual. Una mirada de Santos, adjunto voluntario del proyecto, marcaba el momento de abrirse en canal, aunque no era todavía su momento, sino el de Patricia, la rubia del pelo a cepillo y hombros de boxeador, con la que no había la menor empatía. La amistad no tenía cabida en aquella sala.

El doctor Santos había reconducido la sesión a recuerdos añejos, pulsando rincones olvidados en el teclado de la memoria. Buscaba en el tejido de los sentimientos la puntada que había que recomponer. Siempre sabía dónde dolía… Volver a someterse a ese escrutinio, poner a salvo ese tumor que corroía una vida que, de otro modo, hubiera sido…, ¿qué? ¿Feliz? A otro perro con ese hueso que la vida era muy puta y siempre mordía.

Casi todos sus recursos estaban agotados. Sus compañeros de grupo creían conocer los peores de sus momentos: las fiestas, los excesos, las jovencitas, un matrimonio espantoso… Todo lo que ya estaba a tiro de Google. Santos era un ave de presa. Calmado, paciente, las garras siempre a punto. No le había engañado ni por un momento. Esperaba el momento de desgarrar con el pico la víscera más secreta de sus víctimas.

Mientras Patricia se quejaba de su pasado ludópata, levantó la barbilla en mudo desafío. No demoraría por más tiempo la confrontación. No esperaba que destapar la caja de los truenos liberase su alma, pero el doctor obtendría su carnaza.

Le hablaría de los tiempos de garaje con aquella banda formada por amigos de un pueblo montañés. Carajo, todo el mundo sabía que era natural de Ciluengos, sí. Casi podía leer la decepción en la cara de Santos. «Vamos, puedes darme más, sigue tirando del hilo». Un trago, eso era lo que necesitaba. Con un vaso en la mano podría enfrentarse de nuevo al recuerdo de los cuatro entrando en el local de la peña —una sórdida cuadra a la luz de un par de casquillos en el techo y un sofá raído de tanto trasero—, el día de Santa Eulalia, en busca, precisamente, de alcohol, la pócima de iniciación del guerrero; la reserva oculta de valor para acercarse a Milagros, Mila, la chica de sus sueños y convertirse en hombre, robar ese beso negado.

Miguel, siempre Miguel, hablando con los mayores para conseguir un frasco de aquel líquido transparente en el que flotaban virutas cuyo origen era mejor desconocer.

Un trago…

Seguían siendo la banda de los enanos, pero ya no les veían del mismo modo desde aquella actuación en la plaza por el día grande. Era un orgullo secreto que jamás reconocerían, pero que les brindó no una, sino dos botellas.

La salida, furtiva. Si los hubiera visto algún padre…, ¿qué? A lo mejor no estaría aquí y ahora. Quién sabe cómo se esquiva a la inexorable mano del destino. Los primeros tragos nerviosos, las risas y las bravatas al fresco de la noche en la Ribera. El sonido distante de la verbena que comenzaba, arrastrado por la cálida brisa. Mila…, la invitaría a bailar cuando hicieran esa versión de los Beatles. Anticipaba el oscuro deseo de sentir sus senos incipientes a través de la camiseta, su aliento rozando labios si conseguía articular palabra. Le pediría que salieran, que sellaran el pacto con un beso al amparo del pórtico de la iglesia. No era pecado si eran novios…

Era dulce el pico en los ojos cuando los abrió. Casi se queda dormido. Anda que si llega a hacerlo, Miguel le hubiera llamado nenaza el resto del verano. Se preguntó dónde estaban tanto él como los otros. Debía haberse quedado amodorrado de verdad. Suerte que todavía se escuchaba la música de la verbena. Si habían tocado ya la de los Beatles… Corrió entre los árboles en dirección al soto con el hombro amoratado tras la segunda caída. Aquel maldito licor… Se detuvo a vomitar. No podría besar a Mila con ese sabor tan desagradable en la boca, pero debía bailar con ella, no le pedía más a una noche que se había torcido de repente.

El aire fresco y la liberación de estómago aclararon sus ideas. ¿Afortunado? Ojalá hubiera seguido con la mona a la vera del río. No habría visto a Miguel comerle la boca a Mila, justo en los primeros compases de “Let it be”; no habría corrido como un idiota ciego de ira y de celos; no habría empujado a ambos con la violencia de un corazón roto sin culpa. No habría caído Miguel contra el bordillo dejándose allí la vida… Miguel. Su Miguel, el mejor amigo que nadie pudiera tener.

—Es tu turno… —el doctor Santos había roto el protocolo, o tal vez fuera que llevaba un rato llorando en silencio, sin saberlo.

Se secó las lágrimas que corrían por la cara dejando la vergüenza anticipada a la vista de todos. Tragó saliva y le supo a licor y arcada, a despedida.

—Me llamo Pablo Gavilán, tengo cincuenta y seis años y llevo setenta días sobrio…

Promoción de Puedo saltar sola

Que no voy a vivir de escribir en el sentido económico del verbo ya lo sé. Pero puede que te estés preguntando quién es este tipo que publica novelas y como el movimiento se demuestra andando y las letras, leyendo, voy a regalar Puedo saltar sola entre las 00:00 horas de hoy y el próximo domingo en versión digital. Lo lees y ya me cuentas. Una reseña en Amazon (o unas estrellitas) también son bienvenidas, aunque no obligatorias. Espero que disfrutéis con las aventuras de Sara, la mujer que descubre que puede saltar al mundo de los sueños, que es real y que puede enamorarse de nuevo.

Depredador (Pablo Gavilán 5)

«Me he quedado ciego… o algo peor: estoy palmera». Su cuerpo flotaba en una nada oscilante en medio de la oscuridad. Por fin el resto del cuerpo respondió; podía moverse. Rodó sobre sí mismo hasta perder la sensación ingrávida.

El batacazo terminó por despertarlo del todo. No había perdido la visión. La habitación estaba a oscuras y la claraboya cerrada a cal y canto. Se había caído de la cama de agua. La resaca palpitaba en la lengua y las sienes. Carajo… Buscó a tientas el mando a distancia y, después de encontrarlo, el botón adecuado. La rendija de sol se ensanchó conforme el mecanismo resucitaba el día.

«Tengo que cambiar de vida».

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Verdad o consecuencia (Pablo Gavilán 4)

Por fin cesó el chaparrón, pero había dejado encharcado el campo de juego. Lorenzo y Chema no parecían entusiasmados con la idea de jugar al futbol.

—Nenazas —espetó Pablito buscando a Miguel con la mirada. Él no se arrugaría por un poco de barro cuando llegara. A pesar de las palizas de su padre, nunca se quejaba, lo aguantaba todo. Era un tío, Miguel. Aunque Pablito jamás lo reconocería, lo admiraba, era el Príncipe Valiente de Ciluengos, el que proponía las mejores trastadas, el que nunca se echaba atrás.

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