Flashback (Pablo Gavilán 6)

La tensión de los primeros minutos se había disipado casi por completo. Los relatos, encadenados bajo la supervisión del doctor, destejían los hilos torcidos de aquellas vidas. Sin embargo, solo después de su turno podía relajarse, como en aquellos tiempos remotos en que la maestra disparaba aleatorias preguntas a los alumnos. Ya era un veterano, conocía el ritual. Una mirada de Santos, adjunto voluntario del proyecto, marcaba el momento de abrirse en canal, aunque no era todavía su momento, sino el de Patricia, la rubia del pelo a cepillo y hombros de boxeador, con la que no había la menor empatía. La amistad no tenía cabida en aquella sala.

El doctor Santos había reconducido la sesión a recuerdos añejos, pulsando rincones olvidados en el teclado de la memoria. Buscaba en el tejido de los sentimientos la puntada que había que recomponer. Siempre sabía dónde dolía… Volver a someterse a ese escrutinio, poner a salvo ese tumor que corroía una vida que, de otro modo, hubiera sido…, ¿qué? ¿Feliz? A otro perro con ese hueso que la vida era muy puta y siempre mordía.

Casi todos sus recursos estaban agotados. Sus compañeros de grupo creían conocer los peores de sus momentos: las fiestas, los excesos, las jovencitas, un matrimonio espantoso… Todo lo que ya estaba a tiro de Google. Santos era un ave de presa. Calmado, paciente, las garras siempre a punto. No le había engañado ni por un momento. Esperaba el momento de desgarrar con el pico la víscera más secreta de sus víctimas.

Mientras Patricia se quejaba de su pasado ludópata, levantó la barbilla en mudo desafío. No demoraría por más tiempo la confrontación. No esperaba que destapar la caja de los truenos liberase su alma, pero el doctor obtendría su carnaza.

Le hablaría de los tiempos de garaje con aquella banda formada por amigos de un pueblo montañés. Carajo, todo el mundo sabía que era natural de Ciluengos, sí. Casi podía leer la decepción en la cara de Santos. «Vamos, puedes darme más, sigue tirando del hilo». Un trago, eso era lo que necesitaba. Con un vaso en la mano podría enfrentarse de nuevo al recuerdo de los cuatro entrando en el local de la peña —una sórdida cuadra a la luz de un par de casquillos en el techo y un sofá raído de tanto trasero—, el día de Santa Eulalia, en busca, precisamente, de alcohol, la pócima de iniciación del guerrero; la reserva oculta de valor para acercarse a Milagros, Mila, la chica de sus sueños y convertirse en hombre, robar ese beso negado.

Miguel, siempre Miguel, hablando con los mayores para conseguir un frasco de aquel líquido transparente en el que flotaban virutas cuyo origen era mejor desconocer.

Un trago…

Seguían siendo la banda de los enanos, pero ya no les veían del mismo modo desde aquella actuación en la plaza por el día grande. Era un orgullo secreto que jamás reconocerían, pero que les brindó no una, sino dos botellas.

La salida, furtiva. Si los hubiera visto algún padre…, ¿qué? A lo mejor no estaría aquí y ahora. Quién sabe cómo se esquiva a la inexorable mano del destino. Los primeros tragos nerviosos, las risas y las bravatas al fresco de la noche en la Ribera. El sonido distante de la verbena que comenzaba, arrastrado por la cálida brisa. Mila…, la invitaría a bailar cuando hicieran esa versión de los Beatles. Anticipaba el oscuro deseo de sentir sus senos incipientes a través de la camiseta, su aliento rozando labios si conseguía articular palabra. Le pediría que salieran, que sellaran el pacto con un beso al amparo del pórtico de la iglesia. No era pecado si eran novios…

Era dulce el pico en los ojos cuando los abrió. Casi se queda dormido. Anda que si llega a hacerlo, Miguel le hubiera llamado nenaza el resto del verano. Se preguntó dónde estaban tanto él como los otros. Debía haberse quedado amodorrado de verdad. Suerte que todavía se escuchaba la música de la verbena. Si habían tocado ya la de los Beatles… Corrió entre los árboles en dirección al soto con el hombro amoratado tras la segunda caída. Aquel maldito licor… Se detuvo a vomitar. No podría besar a Mila con ese sabor tan desagradable en la boca, pero debía bailar con ella, no le pedía más a una noche que se había torcido de repente.

El aire fresco y la liberación de estómago aclararon sus ideas. ¿Afortunado? Ojalá hubiera seguido con la mona a la vera del río. No habría visto a Miguel comerle la boca a Mila, justo en los primeros compases de “Let it be”; no habría corrido como un idiota ciego de ira y de celos; no habría empujado a ambos con la violencia de un corazón roto sin culpa. No habría caído Miguel contra el bordillo dejándose allí la vida… Miguel. Su Miguel, el mejor amigo que nadie pudiera tener.

—Es tu turno… —el doctor Santos había roto el protocolo, o tal vez fuera que llevaba un rato llorando en silencio, sin saberlo.

Se secó las lágrimas que corrían por la cara dejando la vergüenza anticipada a la vista de todos. Tragó saliva y le supo a licor y arcada, a despedida.

—Me llamo Pablo Gavilán, tengo cincuenta y seis años y llevo setenta días sobrio…

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