Verdad o consecuencia (Pablo Gavilán 4)

Por fin cesó el chaparrón, pero había dejado encharcado el campo de juego. Lorenzo y Chema no parecían entusiasmados con la idea de jugar al futbol.

—Nenazas —espetó Pablito buscando a Miguel con la mirada. Él no se arrugaría por un poco de barro cuando llegara. A pesar de las palizas de su padre, nunca se quejaba, lo aguantaba todo. Era un tío, Miguel. Aunque Pablito jamás lo reconocería, lo admiraba, era el Príncipe Valiente de Ciluengos, el que proponía las mejores trastadas, el que nunca se echaba atrás.

Pablito perdía fuelle; los demás no estaban por la labor y, si se iban a sus casas, él tendría que regresar a la suya y hacer como que estudiaba. Chutó el balón con rabia esparciendo una lluvia de agua y gotas de fango. Ni caso. Metió las manos en los bolsillos y alzó los hombros con resignación. Maldita lluvia que le había chafado el partido, justo ese día en que el Madrid iba a dar una paliza al Barcelona.

Chapoteando sobre los charcos más grandes, para que vieran esos cagaos, fue a recoger la pelota. Los bajos del pantalón ya eran una pegajosa mezcla de tela y mugre pardusca. «A la porra con ellos…». Iba a llamarlos nenazas de nuevo cuando oyó a Julián decir que venía Miguel.

Se dio la vuelta, feliz, olvidado el pelotón. Ahora sí que habría partido. Ostras, ¿no era Miguel ese que venía con… niñas? Pablito se pasó la mano por el pelo, largo y empapado, como para desechar el espejismo. ¿Chicas? Eso no era propio de Miguel.

—Estas son Natalia y Esther, mis primas. Han venido a pasar unos días al pueblo —confesó Miguel al grupo de pasmados compañeros bajo el soportal de la plaza Mayor. Pablito estaba empapado y salpicado de lodo. La mirada de Natalia le dejaba claro que su aspecto era lamentable.

—Yo tengo doce años y Esther once —aclaró Natalia por si quedaba alguna.

Los chicos guardaron silencio mientras Pablito se atrincheraba tras ellos en un intento de ocultar sus pantalones encharcados.

—Nosotros tenemos once —manifestó Julián, que siempre tenía que aclararlo todo como si se excusara porque eran bastante más altas que cualquiera de ellos—. Bueno, Pablito no, que tiene doce. Ha repetido…

Pablito no sabía dónde meterse. Ya era bastante malo estar mojado y sucio delante de unas crías como para que le hicieran destacar aún más. Las niñas se miraron y asintieron en misteriosa comandita. Había algo mágico en aquella comunicación sin palabras. Era telepatía, como en las pelis de marcianos. Definitivamente, las chicas eran raras. Por eso era mejor el fútbol.

—¿Y qué hacéis? —preguntó Esther que quería hacerse notar.

—Jugar al balón—contestó Chema con orgullo deportivo.

Pablito bufó: «Por eso estás seco, bobo. Lo que eres es una nenaza».

—Tú te callas, Pablito. Estás demasiado sucio para hablar — ¿De dónde rayos había sacado Chema esa chulería? Delante de Miguel no se hubiera atrevido a faltarle así al respeto. Siempre le defendía. Era su mejor amigo.

—Y a vosotras, ¿qué os gusta hacer? —El atrevimiento de Chema le dejaba alucinado. ¡Le gustaban las niñas!

A pesar de todo, agradeció la tregua que desvió la atención de su desmañado aspecto. Comenzaba a avergonzarse hasta de su pelo largo, el orgullo de la corona, pues era el único al que sus padres le dejaban llevarlo así.

—Jugar a Verdad o Consecuencia —dijo Natalia, recuperando el control.

Lo veía venir. Iban a jugar a eso tanto si querían como si no.

—¿Cómo se juega? —Ni Lorenzo ni los demás habían oído tal cosa en su vida.

—Es fácil. Primero, nos sentamos en un círculo…

Mientras así lo hacían todos, Pablito buscaba una salida a la desesperada. Si no había fútbol podían ir al río o… ¡coger caracoles! Después de la lluvia, el camino viejo llenaba sus zarzales de ellos. Pero no, Natalia había hechizado al grupo con sus trenzas rubias y sus maneras sofisticadas.

—Cuando te toca el turno, tienes que elegir entre decir la verdad o pagar la consecuencia —continuó la explicación—. Si eliges verdad, has de contestar cualquier pregunta, cualquiera —remarcó—. Y no puedes decir una mentira. Si lo haces, te mueres en el acto.

Ambas niñas asintieron al unísono. Para ellas, era una ley universal. Qué tontería. Él decía muchas mentirijillas y nunca le había pasado nada malo. El colmo. Todos los chicos —menos Miguel— daban la razón a Natalia, compitiendo por dar los argumentos más convincentes: era verdad, te vas al infierno; y se te cae la pilila —palabra con cuya mención tanto Natalia como Esther enrojecieron visiblemente mientras reprimían una sonrisita—; o se mueren tus padres, llegó a decir el tontolaba de Julián.

Panolis… Estaban engatusados por aquellos ojos que juzgaban y sentenciaban bajo unas larguísimas pestañas negras que tanto resaltaban el color pajizo de su cabello, por esa sonrisa de dientes perfectos como de película, por sus manos delicadas, blancas y sin postillas…

—¿Y si coges consecuencia? —preguntó Jose Mari. Quería saberlo todo del juego, estaba realmente dispuesto a entrar en aquel círculo de perdición.

—Entonces… —Esther había tomado la palabra con su voz un tanto gangosa—, tienes que cumplir cualquier cosa que el grupo te encargue. Cualquiera…

—O te mueres o se te cae la pilila…, ¡bah! —Pablito estaba harto y halló un placer secreto en el rubor que encendió las mejillas de Natalia. Pensó en añadir algo más feo, como las cosas que oía decir a sus padres cuando pensaban que no les escuchaba, pero prefirió guardarse la baza. Estaba tan guapa cuando se sonrojaba…

No tenía ninguna gana de formar parte de aquella tontada, pero todos le miraban con desafío. No iba a rajarse ahora… Buscó los ojos de Miguel. Él no le desafiaba, le estaba rogando que se quedara, que no le dejara solo en aquel trance. ¿Cómo negarse? Cerró los párpados y se sentó a su lado, mudo apoyo de generosidad. «Los marines nunca abandonan a los suyos», decía un sargento en aquella película. Demasiado tarde. Natalia se cambió de sitio sin ningún pudor. Se colocó a su izquierda, con cuidado, eso sí, de que su vestido de topos rojos no tocase los pantalones fangosos de Pablito.

El primer incauto fue Chema. Le estaba bien empleado por seguirles la corriente. Parecía encantado de confesar delante de todos que se había hecho pis en la cama hasta hacía dos años. Miguel rompió el silencio para unirse a la algarabía de risas. Chema no era consciente de lo que había hecho en su intento por gustar. Julián tuvo más fortuna. Eligió consecuencia a la vista de lo sucedido, y lo peor que se les ocurrió fue enviarlo a buscar el balón allá donde había caído. Ahora ya iban a ser dos los que tuvieran las zapatillas mojadas, aunque no se sintió mejor por ello.

El corazón comenzó a golpearle, como cuando se aproximaba una pregunta de don Santiago en clase que, invariablemente, terminaba en pescozón y alborozo de los compañeros. ¿Qué debía escoger? En mala hora había hecho caso del ruego mudo de Miguel. Ir a casa a estudiar le parecía, de repente, una magnífica idea.

Era el turno de Esther. Tocaba venganza, pero ante la pasividad de los chicos, Natalia asumió una vez más el control e impuso la consecuencia. «Has de dar un cachete al chico que te parezca más guapo de todos», dijo con ceremonia. Esther se puso colorada, pero se levantó y tomó el camino más fácil. Le arreó un sopapo cariñoso a su primo. Natalia, contrariada, no aceptó de buen grado y comenzó a canturrear: «Los que se pegan se quieren, los que se pegan se quieren… ». La cantinela fue secundada por los demás con alegría, menos por Miguel que salió de su mutismo:

—Somos primos, tonta, no nos podemos casar —estaba irritado.

—¿Quién dice que nos vamos a casar? Ella solo dijo quién es el más guapo…

—Él no cuenta, me refería a los demás —terció Natalia. Aquello no había salido como esperaba.

—Haber especificado —contestó Esther con la lengua a modo de burla. Dejaba claro que no se dejaba achantar por su hermana.

El juego continuó con cierta tensión. Pablito no veía ya aquella telepatía de antes entre ambas. Alguna magia se había roto, aunque seguía sin tener claro qué había sucedido. Empezaba a sentir curiosidad por aquellos seres que hasta ahora le parecían de otro planeta. Sus voces, tan distintas, sus gestos diferentes, aquellos calcetines impolutos dentro de las sandalias, la manera en la que enhebraba los dedos entre los lazos de las trenzas o se mordía los labios, que se habían convertido de improviso en un delicioso fruto rojo.

—¡Pablito! —el gritó colectivo le sacó de su embobamiento. Todos le miraban, había perdido el hilo del juego. Menos en Miguel, había ira y fuego en las miradas de los chicos, malvada diversión en los ojos de Esther y azoramiento sin par en los de Natalia.

—¿Qué? —preguntó para salir del paso. Algo terrible estaba a punto de pasar, lo presentía. Su corazón rebotaba como nunca, ni don Santiago era capaz de lograr ese efecto. Esther habló despacio, masticando el gozo en las palabras:

—Natalia eligió consecuencia por ti —dejó que la pausa hiciera su efecto—. Tienes que darle un beso.

No cabía duda. El dedo de Esther le apuntaba directamente a él. El corazón se le había parado de golpe, tenía la boca seca y no sabía qué hacer con las manos. ¡Un beso! Aquello había ido demasiado lejos. Había diversión mezclada con envidia insana en las caras de sus amigos. No podía echarse atrás. Tragó saliva y se giró hacia Natalia que era la viva imagen del pasmo. Frunció los labios como había visto hacer en la televisión en las películas de besos. Poco a poco fue salvando el abismo que les separaba…

—Tiene el pelo largo y las zapatillas llenas de barro. Antes me muero y me voy al infierno. —Natalia se levantó con la barbilla bien alta y se marchó a casa sin esperar a su hermana ni a su primo. El juego había terminado.

Pablito no sabía cómo tenía que sentirse. Ella se había ido, le había rechazado.

—Jo, macho. De buena te libraste —dijo Miguel con unas palmadas en la espalda.

El mundo volvió a girar. Todos se marcharon y el balón quedó allí, en los soportales de la plaza Mayor.

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