AIRE PARA RECORDAR

La Guardia le sigue de cerca. Sabe, por instinto, que no debe demorarse y, sin embargo, no puede evitar salir de la calzada y caer de rodillas.
Pasado el mal trago, cuando va a reanudar la marcha, descubre ante él a una anciana de mirada triste, surgida de ninguna parte.
—Rapaz, si vas a llevar contigo algo de tu tierra, llena este frasco. —La voz de la mujer es consuelo, caricia de una madre, mientras le entrega dos recipientes.
—¿Y el otro?
—Es para que guardes aire cargado de sal, de historias de tu gente, del mar…

Muchas leguas después, mientras rebusca en su zurrón, se percata de que no le había dicho su nombre…


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